Arte y emoción en directo

Por José María Escudero

 

El lunes 30 de octubre tuvo lugar en el mítico teatro Olympia de París el primero de los dos conciertos que el cantante y compositor neoyorquino Paul Simon dispuso en la capital del Sena para cerrar la pequeña gira europea que ha realizado con objeto promocionar su último álbum You´re The One.
Siendo seguidor fiel de Simon desde hace casi 30 años y poseyendo una vasta colección discográfica del mismo, plagada de rarezas e incunables, sin embargo hasta la fecha razones de diversa índole me habían impedido asistir a ninguna actuación en vivo del genial neoyorquino, así que ésta fue mi primera vez y acudí a la cita lleno de nervios, emociones contenidas y grandes esperanzas. Todas ellas quedaron colmadas.
En primer lugar la ciudad elegida, París, una de las más bellas y refinadas urbes del planeta, y el escenario del Olympia, testigo de tantísimos quilates musicales en toda su historia, eran los ideales para preparar el espíritu ante toda la dicha que iba a disfrutar.
Es cierto que en toda la ciudad no había cartelería del evento, únicamente en las grandes superficies dedicadas a la venta de discos, Virgin o FNAC, se mostraban unas pequeñas pegatinas adheridas a las cubiertas de los discos de Paul en las que se anunciaban los conciertos. Asimismo en estos centros la publicidad del nuevo álbum iba de algunos discretos desplegables publicitarios a nada. No obstante ello se compensaba por el enorme luminoso con el nombre de Paul Simon sobre la puerta principal del Olympia, en pleno boulevard de los Capuchinos, pegadito a la Madelaine y a la plaza de la Concordia.
A las tres de la tarde del mismo día del concierto un selecto grupo de fans simonianos, asíduos concurrentes del grupo de noticias en internet (amps), se dieron cita en la puerta del Olympia convocados por el animoso y servicial Nicolas Trokiner, un jovencísimo parisino, entusiasta de Simon hasta el delirio, que ha prestado incontables favores a todos sus seguidores, haciendo posible el encuentro de los mismos durante esta gira europea. Aunque emplazado no pude asistir a esta cita por motivos turísticos, aunque sé que todos marcharon a la casa de Nicolas donde charlaron animadamente y tocaron algunas composiciones de Paul acompañados por una legendaria guitarra Martin OMP42, diseñada por el propio Simon, de la que Nicolas es orgulloso propietario .
A las 7 de la tarde estaba ya en la puerta del Olympia y un cuarto de hora despues, sin colas ni problemas, recogía en taquilla mi localidad previamente adquirida por teléfono. A los pocos minutos aparecieron los más apreciados fans europeos de Simon con quienes tanta y entrañable relación he mantenido durante años via email o en los grupos de noticias. Fue un momento emocionante, pleno de calor humano y amabilidad. Allí pude conocer personalmente al fin a Joost Lenders, creador del website Paul Simon Pages, a los ingleses Simon Mugartroyd y Chris Stern, veteranos seguidores de Paul, al simpático italianio Guido, a Nicolas, y a muchos otros de todas las nacionalidades cuyo nombre sería imposible citar aquí. En la misma puerta del teatro, improvisamos un animado coloquio sobre el personaje que nos unía y su grandiosa obra. Fue casi una hora de delicia, parecía como si fuéramos todos amigos que se ven a diario. Casi tan emocionante y valiosa como el concierto en sí fue esta extraordianria experiencia personal.
Sobre las 8 y cuarto entramos en el amplio y largo hall del Olympia, con la emoción desbordándose, y lancé un ataque furibundo a la tienda de merchandising, de precios desorbitados para los bolsillos españoles lo que no fue óbice para cargar con camisetas, llaveros y el precioso programa de mano. Era una oportunidad única y no podía dejarla pasar. Las localidades de la mayoría del grupo de fans estaban situadas en el centro de las dos primeras filas, inmejorables pues.
Algo pasadas las 8 y media la banda arrancaba los acordes del tema That´s Where I Belong, una gema del nuevo álbum, y de manera sutil se iluminó tenuemente el escenario mostrándose a un Paul Simon vuelto hacia los músicos que inmediatamente atacó la primera estrofa de esta personal canción. Sólo un pequeño titubeo inicial, a guisa de toma de contacto e inmediatamente su delicada voz, y sus increibles falsetos, agigantaron su pequeña figura, dando comienzo a un recital histórico y magistral.
En primer lugar el escenario era tan sencillo y minimalista como siempre han sido todos en las giras de Simon. Esta vez destacaba por una especie de cúpula o media naranja, de aspecto cambiante gracias a los efectos de luz. La iluminación era muy matizada y perfecta, creando un ambiente siempre agradable y a tono con el tipo de canción que en cada momento se interpretaba. El sonido absolutamente perfecto, como de estudio, ni un acople, ni una distorsión, cada instrumento llegaba nítida e individualizadamente y permitía percibir todas las delicadas modulaciones de la garganta de Paul. Grandioso.
La banda sensacional, posiblemente la mejor banda del mundo. Aunque la batuta de la misma la llevó el propio Paul en todo momento, estaba claro que el segundo de a bordo era el versátil y extrovertido guitarrista Mark Stwart (más bien habría que llamarlo cuerdista dado que además de la eléctrica y de la acúsica tocó el banjo y el chelo), quien ha actuado con Dylan varias veces. El genial batería Steve Gadd era el encargado de marcar el ritmo en todo momento y de coordinar la abultada sección de percursión, compuesta por 3 elementos en los que destacó Sheehan. Un correcto Allain Mallet en los teclados, un ágil Cedras en los temas de acordeón, el fantástico camerunés Vincent Nguini con la guitarra y el sólido Bakhiti Khumalo en el bajo, junto a dos elementos en la sección de viento (los más discretos del grupo) componían este formidable conjunto. Bueno, ellos y la genial guitarra del propio Simon, delicado y magistral con la acústica, enérgico y vibrante con la eléctrica.
Paul Simon apareció en todo momento seguro y controlando cada detalle. Su actitud se ha vuelto más relajada en escena y aunque prácticamente no habla con el público salvo para dar las gracias se le nota contento y disfrutando de cada nota. Su voz se ha hecho más profunda con la edad, pero está perfecta, con mayor empaque y con la misma agilidad de siempre. Su falsetto sigue siendo prodigioso. La calidez, la sinceridad y la emoción que transmite la voz de Paul fue el mejor instrumento musical sobre el escenario. Aunque Simon nunca se ha caracterizado por su dinamismo en directo, en este tour nos obsequió con algunos inéditos, como interpretaciones teatralizadas por todo el escenario, en Darling Lorraine, o riffs con la guitarra realmente movidos en los que adoptó figuras expresivas y llenas de garra. Su atuendo sigue siendo tan modesto como en él es costumbre. Lllevaba una camiseta de Manson, unos pantalones de vestir en tono beige, de buena marca (en esta ocasión se olvidó de los vaqueros) y unos zapatos de ante que parecen haber desterrado a las botas. Y por supuesto tocado con la gorra roja de un equipo mejicano de baseball con la que últimamente tapa su calvicie (atrás quedó el peluquín que estrenó en One-Trick-Pony). Esta gorra se ha convertido ya en algo consustancial con la imagen del Simon maduro.
El concierto entero fue un pleno goce. Puro arte en su estado más puro. Lleno de emoción profunda y contagiosa y un ambiente cargado de magia. Para mí el único pero fue la desnuda y minimalista versión de Kodachrome, prácticamente percusionista, y con letra parcialmente distinta. Maravillosa la conjunción de guitarras y percusión en todo el show, esta vez los metales no tuvieron tanto protagonismo en su directo.
Como momentos álgidos destacaría la versión en directo de OLD, el últio single del artista, rebosante de fuerza y con una eléctrica simoniana de lujo. Las versiones de Darling Lorraine y You´re The One fueron perfectas, llenas de matices. El arreglo rockero a banda completa del adolescente I Am A Rock, una auténtica revitalización del tema. La delicadeza y la magia de Spirit voices, con una extraordinaria parte musical en sustitución de las letras portuguesas. La fuerza de Late In The Evening y sobre todo de Hurricane Eye, cuya versión en directo es superior a la grabada y que puso un broche de oro al concierto. Los clásicos You Can Call Me Al y Diamonds On The Sole Of Her Shoes volvieron a poner el público en pié y lo arrastró al baile. Perfectas y emocionantes Graceland, The Late Great Johnny Ace y tantas otras. Extraña, por ser la primera vez que Simon la interpreta en directo, One Man´s Ceiling, un ácido blues que mostró la versatilidad del neoyorquino. Incontables aplausos motivaron tres bises que no supieron a bastante y que obligaron a Simon a salir de nuevo para tocar la nostálgica The Boxer, con el público enfebrecido y en pie que acompañó a Paul cantando, como un perfecto coro, el famoso Lie-La-La del estribillo.
Finalmente el propio público. Para mí perfecto para un concierto de Paul Simon, muy correcto y educado pero a la vez entusiasta y divertido. En los momentos más animados casi la totalidad de la sala se arrancó a bailar, pero sin histerismos ni atropellos, pues todos permanecimos en nuestros sitios para volver a tomar asiento una vez acabado el instante marchoso. Para saber si disfrutaron sólo había que volverse, como hice yo mismo, y ver las amplias sonrisas y el arrobamiento de los rostros. Compuesto fundamentalmente por gente de edad media, 35 a 45 años, existía no obstante casi una cuarta parte del aforo integrado por veinteañeros, lo cual es todo un símbolo de la vigencia y atemporalidad de la obra de este pequeño gran judío americano. Y por supuesto había algunos de la edad del propio Simon y mayores aún. Entre estos últimos destacó un grupo americano de la tercera edad, sentados en el lateral derecho del balcón, a los que el propio Paul se dirigió en varias ocasiones, y por un comentario suyo creo que entre ellos se encontraba su propia madre.
En resumen un concierto perfecto, con uno de los mayores genios artísticos de nuestro siglo, pleno de belleza, sentimiento, emociones profundas y mucha garra. El sueño de mi vida hecho realidad. Uno de los momentos más felices de mi existencia que siempre recordaré. Dos horas y media de concierto sin pausa alguna que pasaron en un suspiro. Un poco de magia y arte en nuestras vidas para hacernos mejores. Lo sublime al alcance de todos.

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